domingo, 6 de abril de 2014

Transición de cambio en los hábitos alimenticios

Las dificultades con las que uno se encuentra cuando deja de tomar refresco de cola no son nada a comparación de la carne roja.

Aún recuerdo las primeras veces que decidí no consumir más refresco de cola. No es que bebiera enormes cantidades diarias, más bien fue por el hastío de ver tantos envases fríos en las manos de los compañeros de trabajo, justo en el momento que ingerían pozole, tortas o carnitas en la hora del desayuno.

En casa, el hábito de consumo de las bebidas azucaradas iba en aumento, al igual que la diabetes de papá y la obesidad en los parientes. Es cierto que en ocasiones soñaba con el sabor de la gaseosa en mi boca, sentía el líquido burbujeante brincando en la lengua. Más tarde, de manera lenta sustituí el refresco negro por la soda. Cuando estuve lista para no depender de las bebidas artificiales, los eliminé por completo de la dieta.

Era muy feliz sin los refrescos, aunque muy de vez en cuando me permito tomar, en ocasiones especiales, agua mineral sin sabor, acompañada de limón o naranja.

Si hablamos del gusto por la coctelería, poco lo tuve, y ese tanto quedó atrás. Sin planearlo, un día leí un artículo sobre los conservadores artificiales donde argumentaban que el benzoato de sodio es cancerígeno. No demoré nada en sacarlo de mi lista de productos sanos.

Sí, tengo un problema grande ante la comida procesada; hasta para elegir los aderezos, debo seleccionar los más naturales. Para colmo, vivimos en Manzanillo, donde las cosas pasan demasiado lentas. Me he hecho la idea de hacer mi propio aderezo de mostaza, miel y aceite de oliva o sencillo.

Todo iba bien con mis hábitos alimenticios: carne roja, blanca, pescado, verduras y frutas –las últimas comerlas lo más que se pueda, siempre y cuando la economía lo permita.

El detalle sucedió cuando entré al gimnasio, pues ahí vi que los mejores cuerpos trabajados consumen carne roja, clara de huevo, pechugas de pollo y atún enlatado. La gente aún tiene la creencia que la proteína animal es buena para su salud, pero sobre todo para conservar un cuerpo atlético. Por fuera les funciona, se nota a simple vista: músculos fuertes, posturas firmes, actitud positiva y energía fabulosa.

Exacto, la proteína animal no es tan buena como la pintan, pero ese tema no lo abordaré por ahora. Sólo diré que he dejado de consumir carne roja.

Mientras los chicos se ponen musculosos en sus bíceps, tríceps, abdomen, brazos y espalda, yo bajo de peso y apenas brota un diminuto músculo en mis brazos. “Coma carne para que pronto tenga masa muscular, está muy delgada. Tome proteína o ácido nítrico, con eso pronto se pondrá fitness”. Los comentarios son superados, no ocurre nada extraordinario en mí; sin embargo, el hecho de no comer carne roja acarrea varios inconvenientes en la vida diaria.

En casa, la familia consume la carne roja dos o tres veces por semana. Cuando celebran algún cumpleaños o una visita, no falta la ocurrencia de cocinar carne asada, y qué decir de las fiestas decembrinas, la pierna de puerco a fin de año, y así sucesivamente. Carne por aquí, carne por acá; carne en las pizzas, en los tacos, en los guisos caseros, en las fiestas, calles y en todos lados.

“Si no consumes carne, entonces ¿qué vas a comer?”, es la pregunta recurrente. Pues bien, elegir cómo ingerir sólo la carne blanca –pollo y pescado–, verduras y demás alimentos requiere de ingenio mientras aprendes a combinarlos con otros ingredientes, a mezclarlos y equilibrarlos.

Desconozco cuántos vegetarianos haya en el puerto. Sé que sustituyen la carnes por la soya, pero le tengo un poco de respeto a ésta, por la palabra “transgénica”.

El periodo de transición de un individuo cuando cambia sus hábitos alimenticios es un verdadero reto personal, pues no es cuestión nada más de programar la mente para evitar tal producto a consumir, sino librar el comportamiento común de la sociedad carnívora.

No quiero imaginar por lo que pasan los veganos, pero seguro valdrá la pena.


Elsa I. González Cárdenas
Publicado en el Diario de Colima 
El 3 de abril de 2014
Manzanillo, Colima, México

domingo, 23 de marzo de 2014

Carta sobre taza extraviada 1/2


Buenas tardes, soy Elsa González, ciudadana común; resido en Manzanillo, Colima. A su vez, soy colaboradora de un periódico local. Me presento quién soy y una de las facetas que realizo por lo siguiente:

Suelo ir a la papelería en el centro del puerto a realizar algunas compras. La atención es muy buena y casi siempre encuentro lo que busco.

La última vez que la visité fue el día 12 de marzo, a las 9:46 horas, fecha y dato registrado en la factura A25, por el cual tuve atraso y distracción en lo que hacía, mientras esperaba la impresión de la misma. Iré directa al asunto. Perdí mi taza térmica, una de plástico, de color blanco. Para mí es importante recuperarla, pues mi línea es cuidar el medio ambiente, además dicho utensilio, aparte de ser muy útil para su servidora, es especial. En ningún viaje que he realizado antes la había perdido, y mire que me fui a Estados Unidos el año pasado.

La taza es especial para mí, por ser ecológica, práctica, pero sobre todo porque aquí en el puerto no la venden.

Por todo lo demás explicado, regresé al día siguiente a la tienda para solicitar la revisión de las cámaras de video del establecimiento donde usted labora. Me indicó el personal que sólo en la capital del estado podrían ver las imágenes en la cámara. Llamé por teléfono a la matriz. Una señorita proporcionó su nombre y correo electrónico. Por otra parte, estoy por hacer un artículo donde hablaré sobre la “honestidad”.

Es importante para
mí su ayuda para la revisión de las imágenes de las cámaras del día que visité la papelería. Tal vez llegué al local, 20 minutos antes de la hora mencionada. Su servidora recuerda que traía una mochila en la espalda y una bolsa plástica de agarradera, que el mismo vigilante regresó en el momento que estuve pagando en caja, sin embargo, dicho hombre jamás se percató de mi supuesto olvido. ¿Por qué pude olvidarla ahí? Por el simple hecho de portar líquido dentro de ella, leche, luego de haber ingerido avena. Supongo la dejé en el mostrador. Casi estoy 100 por ciento segura.

¿Podría apoyarme con dicha petición? En verdad, la honestidad, en estos tiempos, es una joya. Pendiente a sus comentarios.

PD. Anexo foto de la parte superior de la taza. Ahí había puesto un caracol ermitaño para tomarle foto.

La redacción anterior es una carta que escribí y envíe vía internet, el fin de semana pasado. Llamé por teléfono el martes, para cuestionar si lo habían recibido. El hombre quien atendió fue amable, pero al principio, como todo subordinado, argumentó que debía consultarlo con su jefe inmediato, el dueño del negocio. Antes vociferó algo así como que era muy difícil ver las imágenes, pues debían observar todo lo transcurrido en el día.

Por fortuna, donde trabajo, tengo circuito de cámaras, por lo que tengo conocimiento que la revisión no tiene mayor complicación, menos si son las primeras horas del día, porque el inicio de la grabación es corto. El hombre se limitó a decir que esperara la autorización y que con gusto atendería la solicitud. Así que esperé la respuesta del propietario. El día ya está agendado. Personal de la papelería de Colima llegará hoy, a mostrarme las imágenes en movimiento.

Tal vez escribir esto para muchos no valga la pena, y en efecto, podría ser verdad, aunque en realidad lo que deseo plasmar no es en sí la recuperación de la taza térmica que tanta falta me hace, más bien el sentido de honestidad, pero sobre todo, de atención al cliente. Sí, atención al cliente, utilizando las herramientas de trabajo para satisfacerlo y, a su vez, que se sienta tranquilo y seguro de estar con gente atenta.

No sólo sucede la pérdida de objetos en ese negocio, también donde estoy (gimnasio). No se imaginan la cantidad de cosas que dejan los clientes: zapatos, cinturón para levantar peso, guantes, toallas, audífonos, celulares, camisetas, suéter, crema reductora, plumas, entre otras cosas.

Lo lamentable es que, en su mayoría, los objetos olvidados no son recogidos por sus dueños, a excepción de calzado y teléfonos móviles. ¿Cuál será la causa de esto? La falta de cultura por regresar al establecimiento local para cuestionar el posible extravío de determinado objeto.

Entonces, ¿para qué están las cámaras de video? Para ser sinceros, algunos programas sólo están para grabar determinado tiempo. Una vez concluido, en automático se sobregraban las imágenes. Graban lo actual y borran las anteriores. Por lo tanto, ¿para qué sirve la vigilancia interna? Para dos cosas: dar seguridad a los clientes y supervisar el trabajo de los empleados.





Elsa I. González Cárdenas
Publicado en el Diario de Colima
El 20 de marzo de 2014
Manzanillo, Colima, México

lunes, 17 de marzo de 2014

Hablemos de Ale

A los 15 años de edad, conocí a Ruth Alejandra López Santana, a quien suelo llamarle Ale o Flaca. Fue en la preparatoria del Bachillerato Técnico No. 8 de la Universidad de Colima. En aquel entonces, ella era delgada, alta, de tez clara, con pecas en el rostro, cabello lacio y personalidad seria –en la actualidad sigue conservándose así.

Le gustaba juntarse con las compañeras centradas, dedicadas al estudio. Nos hicimos amigas en el tiempo en que coincidimos en una casa de asistencia, en la ciudad de Colima; Ale deseaba estudiar periodismo y yo abogacía.

La Flaca proviene de una familia modesta, cuya madre sacó adelante a sus dos hijos –Ale y Richard–, consciente de ello y viendo los aprietos económicos por los que pasarían si estudiara en la capital, decide interrumpir el sueño de ser periodista. Deja el área de comunicaciones para dedicarse a lo que sabe hacer: contar números.

Regresa a Manzanillo, ingresa a la Facultad de Administración y Contabilidad y estudia contabilidad. Termina sus estudios, ejerce la carrera en una empresa de logística –antes TMM–, después algo pasa en su mente, y con determinación abre camino en el extranjero, en un ramo que no tiene nada que ver con lo estudiado, se hace au pair, es decir, niñera, a los 24 años.

Cuatro años estuvo de nana en San Francisco, California; Inglaterra, España y Bruselas, Bélgica. Durante su estancia perfeccionó su inglés, aprendió un poco de francés, conoció lugares, culturas, hizo amistades y comió gran variedad de platillos de otros países.

“La vida acá es muy cara. Las personas mayores todo el tiempo están estudiando, sin importarles la edad”, decía Ale en sus mensajes vía internet que me enviaba.

Retorna por segunda vez a Manzanillo, ilusionada de volver a ver a la familia, amigos y a su mar. Un amigo la emplea de administrativa, en unas villas. Cuando estudiaba la universidad fue mesera, en una de las primeras taquerías grandes del puerto, con Roberts. Siendo contadora pública, ejerció en una empresa japonesa, TOA, al mismo tiempo ingresa a la universidad a estudiar la Maestría en Administración.

Ella es una mujer de carácter fuerte, analítica, crítica, difícil de corromper, incluso me atrevo a decir, imposible; fiel y directa en decir las cosas, de pocos amigos, inteligente, decidida y perseverante. Su último empleo fue en una institución privada, extranjera, cuyo giro es manejo de mineral.

Ale en días pasados rindió protesta en el Salón de Cabildos para la función de tesorera municipal, quien se hará cargo de las Direcciones de Egresos, Ingresos, Catastro, Padrón y Licencias.

Ella es una mujer muy capaz. Quizá cometa errores al principio de su gestión, pero tendrá que apoyarse mucho en su equipo de trabajo. Tal vez sea el mismo personal que ahora labora o haya nuevos integrantes, eso no lo sabemos. Cada compañero que esté a su lado debe ser proactivo y honesto para ser un buen juego de mancuernas, si no seguro no estará en ese mismo departamento.

Santana argumentó que trabajará tal cual lo ha hecho en la iniciativa privada y está abierta a sugerencias y propuestas para mejorar la dependencia gubernamental. Espero, al igual las personas que la apreciamos, haga un excelente trabajo, no sólo por ella, sino por toda la sociedad porteña.

Confieso que es una de las dos personas más administrativas que conozco en mi vida. Ojalá nos sorprenda para bien y siga contando hasta el último peso para el progreso de Manzanillo.

No hablaré más de Ale, habrá quien lo haga mejor, además los números no son mi fuerte como para atreverme.



Elsa I. González Cárdenas
Publicado en el Diario de Colima
El 13 de marzo de 2014
Manzanillo, Colima, México

Hacia el Valle de las Garzas


EL miércoles 5 de marzo abordé el camión para ir a la escuela donde intento dar clases. En el crucero de San Pedrito pude percibir el perfecto orden que tenían dos hombres, autoridades de tránsito y vialidad. Guapos, vestidos de azul con su camisa blanca y de semblante amable, dirigían el vaivén de los carros metálicos y transeúntes. Era extraño verlos ahí, porque en días anteriores estaban ausentes. Hice caso omiso de las instrucciones de uno de ellos; fijé con atención los ojos hacia el semáforo, luego a los automóviles. Pasé en cuanto la luz verde apareció. Agradecí en silencio su presencia, no por mí, más bien para los jóvenes de preparatoria que transitan diariamente desde las 6 de la mañana.

Todo crucero es peligroso, ahora principalmente ese se ha convertido en uno de los más riesgosos, debido a los trabajos de construcción del túnel ferroviario. Un carril funge de doble sentido, así que al atravesar la acera debes voltear a dos lados, quedarte al límite de la frontera y esperar el paso del conductor.

En la colonia Burócrata, las banquetas tienen aperturas por doquier. Gracias al trabajo que hace el hombre, encargado de la limpieza, la avenida Teniente Azueta está limpia, ya que desde muy temprano comienza a barrerlas, aunque hay arena que sale donde años atrás fue manglar, invitando al paseante a patinar sin avisar, así que no faltan las caídas al piso.

El antes Centro de Salud, en el jardín que sobrevive, abundan desechos de envolturas plásticas y papel celofán. Ahí era el comedor de los trabajadores de la obra. Se les podía ver acostados en el cemento, disfrutando la sombra del techo y el aire de los árboles.

Atravesé el crucero de San Pedrito, abordé un camión urbano que, por fortuna, venía semivacío. El horario de entrada de la mayoría de la comunidad estudiantil había sido 30 minutos antes. La sorpresa fue al llegar a Tapeixtles. Dos camionetas de la policía del estado recién llegaban. Más adelante en las afueras de la central camionera y sucedió lo mismo. Al principio creí que había pasado algo, pues no era común ver tanta seguridad en el puerto. Imaginé que atraparían a un narcotraficante, razón justificada para revisar automóviles. Después recordé la llegada del presidente de la República, Enrique Peña Nieto. No pude evitar decir en voz baja: “Antes no se hacía esto”.

Pese a la inseguridad que se vive en el país, Manzanillo podría decirse para el ciudadano común es tranquilo, con sus debidas precauciones, frecuentando lugares tranquilos y a buena hora, aunque por otro lado, hace tiempo un militar, proveniente de Acapulco, en confianza me contó que han aparecido muertos en las calles, pero que las autoridades no lo hacen público, mucho menos mandan comunicados a los periodistas. Siempre hay cosas ocultas que se guardan en cuatro paredes o en perfecto secreto.

Al arribar al Valle de las Garzas me encontré con otro crucero, el de la avenida Elías Zamora Verduzco. Justo cerca de una institución educativa, antes de las 8 de la mañana van y vienen los conductores de los coches, a prisa. La mayoría, carros de modelo reciente y pocos austeros, pero ninguno entre medio centenar, ceden el paso al peatón. Así que no es de extrañar leer más adelante en los periódicos: un joven murió atropellado.

Una hora después, antes de las 9 de la mañana, cientos de pasajeros abordan los camiones urbanos. Los conductores de la ruta que entra al Valle de las Garzas hacen paradas en las esquinas de las calles, donde no hay parabuses, pero los porteños las dibujan en el aire.

No hay autoridad de Tránsito y Vialidad a la vista. Bastan los semáforos para que cada cual realice su deber: manejar y caminar con precaución, mientras que el miércoles 5 de marzo de 2014 hay un desplegado de policías vigilando la llegada y estancia del presidente de México.




Elsa I. González Cárdenas
Publicado en el Diario de Colima
El 6 de marzo de 2014
Manzanillo, Colima, México 

Iniciativa

JAZZ estaba frente al agente aduanal HH, 2 días después de haber sido contratada para el puesto de ejecutiva de tráfico en el área de importaciones, aunque su fuerte eran las exportaciones. Apenas contaba con 23 años de edad, un año de experiencia en el ramo de las exportaciones y otro en la captura de información portuaria, para ser enviada a un periódico norteamericano.

Las preguntas que AA le hacía eran básicas: ¿Cuántos años tienes?, ¿qué sabes hacer?, ¿por qué decidiste unirte al equipo laboral?, entre otras. Tal vez el empresario tenía tiempo de sobra para analizar a su empleada, porque se tomó la molestia de escucharla en medio de varias interrupciones de los subalternos. Jazz disimuló los nervios apretando los dedos de las manos, fijó los ojos negros, contestó las cuestiones sin titubear, incluso se interesó por saber quién era en ese tiempo el cliente más importante de la compañía Mattel.

En realidad, estaba siendo entrevistada por el dueño. Jazz lo sabía y aprovechó el momento para hacerle una propuesta que consideró conveniente para la empresa. Sugirió realizar maniobras de consolidación para carga LCL –Load Container Less– dentro de su bodega, en lugar del recinto fiscalizado; el hombre dejó de parpadear por segundos, miró a la recién llegada con agudeza y dijo: “Me gustas, eres inteligente”.

Ese fue el inicio de 4 años de trabajo juntos, donde Jazz jamás fue tocada por la grilla, envidias y reuniones inútiles; se dedicaba exclusivamente a lo suyo. De 8 de la mañana y quizás hasta las 10 de la noche, a pesar de que el contrato laboral marcaba 8 horas de jornada. Jazz no tomaba en cuenta si estaba cansada o la falta de pago de las horas extras, pues disfrutaba tanto ser una máquina de producción.

A los 2 años tuvo la responsabilidad de ser encargada del Departamento de Revalidaciones. Durante su crianza, su madre decía siempre: “Acomídete a hacer algo. Una persona que no lo hace, no entra a ninguna casa”. Eso funcionó en el exterior, sin embargo, sucede lo contrario con las nuevas generaciones.

Argumenta un norteamericano: “El problema en México es que los jóvenes de ahora, los recién salidos de las universidades, todos se sienten ejecutivos, quieren ganar mucho”.

Al paso de los años, Jazz aprendió lo que debía; después voló hacia otro horizonte, donde reinició otra vida laboral.

Luego de 8 años, ella se hace comerciante. A veces conversa con los clientes, uno de ellos es proveedor de agua embotellada que le surte a medio puerto; éste suele conversar con distintos jefes de empresas, en ocasiones pregunta por los recién empleados, y le responden que han dejado de asistir al negocio, sin avisar ni decir adiós.

Jazz lo ve en un compañero de trabajo, de 23 años, hombre, quien está contratado sólo por 4 horas a la semana. Él llega a tiempo, checa su hora de entrada, y a los 240 minutos, vuelve a checar la salida.

Es un chico de carácter pasivo, o mejor dicho, contenido, boxeador amateur; parte de sus actividades es acercarse a los clientes para ponerles rutinas de ejercicios. Lo hace, sin embargo, la ausencia de carisma, para algunas personas, es invisible.

Él no hace una introspección interior, de cómo da el servicio; si es satisfactorio para los demás, mas sí ve sus propios intereses; es decir, se pone en el papel de empleado cumplidor. No da un valor agregado, le pagan por cumplir y él lo hace.

Viéndolo del lado contrario, el empleador requiere gente proactiva, que tenga motivación, propuestas, sugerencias, acciones para hacer crecer el negocio a la par, no muebles en espera de una funda para adornar el tapiz.

Claro, no todo debe generalizarse. Habrá jóvenes hombres y mujeres que sí tienen ganas de dar un extra a sus servicios. Gente de esa hay mucha, pero está escasa en los jóvenes del estado de Colima. Es la enfermedad del burócrata, donde los síntomas deben ser padecidos; si no hay la medicina, no hay remedio.

Es una pena, pero es la realidad. Lo vemos en la familia con los hijos o sobrinos que creen merecer un premio, regalo, sin ni siquiera ganárselo; o los indigentes jóvenes, sanos, pidiendo monedas en las calles.

Jazz puede vivir con esto: ausencia de iniciativa, un mal que puede esquivarlo. Es de sabios tomar buenos hábitos; procurará tener mejor iniciativa.


Elsa I. González Cárdenas
Publicado en el Diario de Colima 
El 27 de febrero de 2014
Manzanillo, Colima, México 

Panza llena, corazón contento


MUCHAS mujeres preguntan en la recepción del gimnasio si el instructor podría darles una dieta. Éste, que ha estudiado un curso de nutrición, se cree apto para dárselas, comprometiéndose para la siguiente semana entregarla. Pasan los días, y el hombre que dio su palabra aún no les da respuesta ni papel escrito.

La chica de recepción tampoco es nutrióloga, no ha llevado ningún curso extenso que lo avale, sólo se ejercita y tomó uno pequeño, donde le enseñaron a comer bien. Ahí aprendió que las verduras son mejores comerlas crudas que cocidas, a excepción de la papa; optar por consumirlos de manera sólida en lugar de jugos, evitar la comida chatarra y hacer ejercicio. La mujer apenas recuerda la cantidad de calorías que contiene la tortilla, cree que 9, sin embargo, no deja de hacerle mala publicidad al refresco de cola, de 600 mililitros: 150 calorías y 12 cucharadas de azúcar, un chocolate de barra 200 kilocalorías, sin faltar los boletines informativos a los que está suscrita vía internet.

En el gimnasio hay un aparato que se llama elíptica, es una máquina diseñada exclusivamente para quemar grasa; el ejercicio es simulación de caminar, correr o esquiar. Éste posee un tablero donde indica el tiempo de duración, la distancia, las calorías y las pulsaciones del corazón por minuto. La mujer suele utilizar la elíptica como ejercicio cardiovascular, no para bajar de peso, sino por salud. Cuando lo hace, el tablero indica que en 20 minutos apenas bajó 100 calorías y recorrió una distancia de 8.5 kilómetros.

La recepcionista cree que puede dar su opinión al cliente cuando solicita una dieta y el instructor no se lo da; suele sugerir llevar una alimentación sana. Excluir los alimentos malsanos: harinas y azucares refinados, evitar el consumo de la carne roja y el atún; en sí, todo aquel producto procesado.

Algunos de los amigos, de los cuales ninguno asiste al gimnasio, le dicen que es imposible no consumir alimentos procesados, y se sorprenden o critican el último hábito que lleva a cabo: no comer carne roja.

Luego del terremoto en Japón, en 2011, el desastre de Fukushima está causando gran peligro. En el Sur de California, según las muestras de 2011, 2012 y 2013 se encontró atún radiactivo; se detectaron altos niveles de Cesio 137.

El Cesio 137 es un metal radiactivo de cesio que se produce principalmente por fisión nuclear, tiene un periodo de semidesintegración de 23 a 30 años.

Hoy en día, la pesca de atún en el territorio mexicano está prohibida. Lo sabe gracias a un capitán de barco camaronero, antes por un amigo ecologista, y por último confirmó el hecho con una norteamericana que argumentó estar prohibida la venta de atún en Estados Unidos de Norteamérica. Sin embargo, en el mercado local y medios de comunicación no informan a la población sobre el tema.

En Manzanillo continúa su venta al por menor, ya sea enlatado o en filete. Por supuesto, los deportistas consumen atún por sus propiedades nutritivas.

La carne del atún sano posee un 12 por ciento de grasa, lo que lo convierte en un pescado graso, pero se trata de una grasa rica en ácidos grasos Omega 3, que ayuda a disminuir los niveles de colesterol y de triglicéridos, y hacer la sangre más fluida, lo que disminuye el riesgo de aterosclerosis y de una trombosis. Hablamos de un atún sano. Por desgracia, en la actualidad se corre el riesgo de no serlo.

Los clientes se quedan un poco sorprendidos al escuchar la recomendación de no consumir el pescado, pero el instructor desconoce por completo la información. La mujer desde su escritorio recomienda comer sano y bien. Cuestión que muchas veces los nutriólogos ni los instructores deportivos dicen la verdad sobre el origen o ingredientes de los productos consumidos.

Una buena alimentación es una inversión a la salud a largo plazo. Panza llena, corazón contento.




Elsa I. González Cárdenas
Publicado en el Diario de Colima
El 20 de febrero de 2014
Manzanillo, Colima, México

A caminar y falta de parabuses


UNA de las recomendaciones que dan los médicos a sus pacientes con problemas de sobrepeso, diabetes e hipertensión es hacer ejercicios cardiovasculares; éstos también conocidos como aeróbicos, son de baja o media intensidad, que dependen más de la capacidad de oxigenación que de la fuerza física, y nos ayudan a quemar calorías.

Muchas personas creen que caminar distancias del trabajo a casa o viceversa es bueno para la salud; en efecto, es una acción positiva para el cuerpo, sin embargo, no es suficiente para ser considerado “ejercicio”, debido a que las condiciones para realizarlo no son las óptimas.

¿A qué me refiero con “no son las óptimas”? Bueno, para iniciar, prepararse para asistir a un gimnasio, pista deportiva, salir a la calle a caminar o correr, la persona está mentalizada que hará una actividad física por un determinado tiempo, sin parar el proceso de movimiento; es decir, no habrá oportunidad de detenerse con fulanito, mengano a charlar al encontrarlo; quien se ejercita debe portar ropa y calzado deportivo. Nada qué ver con una caminata después de concluir la jornada laboral.

Caminar 30 minutos o más a diario es una acción buena para mantener al corazón y algunos músculos del cuerpo en excelente estado; es cuestión de adquirir el hábito para hacerlo, después se volverá una adicción sana.

Hoy por la mañana caminé 14 minutos de casa al área de trabajo; eran las 6:30. En el tramo del crucero de Valle Alto, frente a una gasolinería, permanece un pequeño tramo de banqueta y alumbrado, no público, más bien de la tienda colimense de autoservicios; después, el monte y la oscuridad se adueñaron 3 minutos de camino. Abrí bien los ojos. A pesar de ser zonas habitacionales, esos rumbos son populares. El detalle es que recordé con cierto pesar la falta de concreto en el espacio público; en ese mismo instante, escuché unas pisadas detrás de mí. Un hombre y una mujer corrían vestidos con ropa deportiva. Al principio, los admiré, luego les mandé las bendiciones para que ninguno de los dos se cayera. Cómo no caerse si había bajo tierra trozos de pavimento y no existía iluminación suficiente.

Contrario al panorama anterior, en la cancha con piso de tartán, en el Valle de las Garzas, Barrio 3, hombres y mujeres de todas las edades caminan y trotan a paso firme.

Cuando se es peatón durante toda la vida o por lo menos durante muchos años, por razones obvias deben de levantarse temprano para llegar a las citas y compromisos a la hora acordada. Una de las ventajas que conlleva a eso es que todo el tiempo estás en constante movimiento; también observas a detalle lo que hay a tu alrededor. Esta vez, para colmo de los colmos, diré que en Manzanillo carecemos de parada de camiones urbanos o parabuses.

Hay que aplaudir la labor social que hacen algunas empresas para beneficio con la sociedad, pues es una forma de retribuir a los clientes su preferencia. Esto viene a colación porque en El Tajo ya se cuenta, por fin, con un parador metálico. Así los ciudadanos podrán esperar el arribo de los camiones urbanos. En Miramar, en el extremo de la ciudad, el Ayuntamiento Municipal colocó otra parada de camiones; a diferencia del primero, está muy amplio.

Por desgracia, tendré que señalar y calificar con número reprobatorio a las autoridades del puerto –al menos a quien podría gestionar la realización de los paraderos y llevar a cabo la colocación de éstos–, por la falta de conciencia para servir a la población manzanillense, que día con día aborda más de dos camiones, sin tener dónde protegerse del sol o descansar mientras llega la ruta.

Podría mencionar muchos sitos ausentes de parabuses: Tapeixtles, La Joya I, Barrio 2, frente a la universidad privada, entre otras. Por cierto, para transitar del Barrio 3 al 4, los ciudadanos deben subir el puente del Valle, guiar sus pasos por el angosto piso, y todavía llevar a sus niños que van a la escuela. Dios no lo quiera, pero sospecho que podría suscitarse un accidente espantoso.

Ojalá las autoridades se pongan a caminar, para ejercitarse, ya que les hace falta, porque la mayoría tienen sobrepeso. Así como poner manos a la obra en la construcción o gestión de recolectar dinero con empresas portuarias para la creación de parabuses o paradas de camiones.



Elsa I. González Cárdenas
Publicado en el Diario de Colima
El 13 de febrero de 2014
Manzanillo, Colima, México